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Cuando una persona se ve afectada por un trastorno depresivo, suele sufrir una profunda tristeza acompañada de varios síntomas de distinta intensidad en función de las peculiaridades de cada uno.

Es posible que encontremos la falta de voluntad por hacer y reaccionar, sentimientos de culpa hacia los miembros de la familia o aspectos de la vida, pensamientos recurrentes sobre la gravedad de la situación y la incapacidad de ver una luz al final del túnel depresivo.

Me refiero al libro escrito por el doctor Eugenio Borgna (1992) sobre Melancolía para describir, desde un punto de vista fenomenológico, las principales características de la depresión.

Afirmo que la fenomenología es aquella corriente psicológica que trata los problemas mentales –y más generalmente el funcionamiento de la psique humana– y se basa en cómo aparecen los fenómenos en su naturalidad y sencillez, es decir, en el centro del su interés está la experiencia vivida. del paciente y de las formas particulares en las que vive y explica su experiencia de sufrimiento.

El síntoma central de la depresión es, como ya se ha dicho, la tristeza que siente el sujeto y que apenas le abandona. Esto suele ser visible en las palabras y discursos de la persona deprimida e incluso en la expresión contrita de su rostro. Esto se acompaña de la pérdida de casi toda esperanza de que su situación cambiará, de que pueda curarse y de que haya una salida que le dé un cierto alivio.

El sujeto tiende a envolverse en un vórtice de negatividad y pesimismo, en el que sigue reflexionando sobre su condición de sufrimiento y de la que difícilmente puede salir, permaneciendo atrapado todo el día. La tristeza y la desesperación pueden acompañarse de angustia.

“La angustia no es miedo: no se identifica con miedo”, escribía Borgna en el texto citado anteriormente. El autor sigue informando de argumentos filosóficos, desde Kierkegaard hasta Heidegger, intentando explicar cómo el miedo siempre es miedo a algo determinado, mientras que en la angustia hay una sensación de indefinido, como si el objeto que provoca angustia fundido esquivo.

Borgna siempre escribe: “… quizás es posible subrayar cómo en una angustia depresiva tenemos la imagen de una catástrofe terrorífica y tenemos autodescripciones que presagian una vertiginosa nostalgia de nientificación, que no son comparables en su incandescencia emocional con las formas habituales de vivir la angustia».

Por tanto, en el paciente se puede encontrar una dimensión catastrófica de la angustia, cuando se siente como siempre al borde de un abismo, pero no puede definir lo que puede ocurrir realmente tan terrible y trágico. Se siente encarcelado en un limbo que parece ser el reino indiscutible de la angustia, su hábitat preferido, ya que nada hay definido al que apelar para contrarrestarla o, al menos, darle un nombre.

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Esta ansiedad puede materializarse en la experiencia del paciente como una sensación de opresión en el estómago y una sensación constante de falta de aliento. El cuerpo se convierte en un medio de expresión de sus experiencias.

El rostro se convierte cada vez más en un billete de visión por su estado de angustia, ya que se asemeja al de una persona que ha pasado la noche en blanco; los ojos pueden parecer perdidos en el vacío e incluso cuando logran conocer los del terapeuta, el terapeuta puede ver un pozo sin fondo.

Borgna describe estos aspectos con un claro lenguaje fenomenológico: «En la condición depresiva la mirada está radicalmente interiorizada…», «… la cara se oscurece y se pierde; … Petrificado en su imagen corporal que no salta al mundo y se consume en su inmanencia».

Este cierre del cuerpo dentro de sus fronteras es la expresión no sólo de la angustia, sino también de la profunda soledad en la que los deprimidos pueden sentirse encarcelados. A menudo es incapaz de sintonizar emocionalmente con las personas que le son cercanas e intentar ayudarle, incapaz de aceptar en sí mismo el cariño de los demás y, en consecuencia, sentirse solo y abandonado.

Su relación con ellos puede caracterizarse por un profundo sentimiento de culpabilidad por su incapacidad para salir del estado depresivo y reaccionar ante la situación; por tanto, puede sentir una carga para sus cercanos y hundirse aún más en la desesperación. Por otra parte, también puede sentirse no entendido por sus propios miembros de la familia, ya que a menudo se enfrentan a la enfermedad de su ser querido intentando animarle a reaccionar y repitiendo frases como “vaya, vaya, tienes que reaccionar, ¡utiliza tu voluntad!”.

El hecho de espolearse de esta manera hace que el sujeto se sienta en el equilibrio entre la culpa y el malentendido, ya que su experiencia es la de ser incapaz de extraer la mínima voluntad de reacción. Cualquier ánimo para ser fuertes es disonante con sus propios sentimientos y posibilidades, acentuando así la sensación de soledad que experimenta el paciente.

Las categorías de espacioy tiempo cambian en la persona con depresión en comparación con el pasado.

Por un lado, la casa puede convertirse en un espacio que da sensación de ahogo y constricción, pero por otro también puede ser un espacio del que difícilmente se puede alejar, ya que significa protección de lo que hay en el exterior. Al mismo tiempo, parece que el tiempo se ha detenido y no pasa nunca. Las horas del día son infinitas.

El tiempo vivido está en profunda disonancia con el tiempo real. A menudo ocurre que el paciente mira el reloj a poca distancia y luego imagina que las agujas marcan un tiempo diferente al que experimentó él. Su sensación es que han pasado las horas, pero en realidad sólo han pasado unos minutos.

Esta desaceleración del tiempo vivido es agotadora, ya que no sólo los días están llenos de sufrimiento, sino que tampoco pasan nunca, por lo que el sufrimiento en sí mismo no tiene final.

Uno de los síntomas recurrentes es la falta de voluntad de hacer nada, de realizar cualquier acción o tarea. A menudo el paciente experimenta la pérdida de todos los intereses que anteriormente amaba, siendo que ya no hay nada que pueda estimularle a hacer y salir de su apatía. Sus días comienzan con una sensación de pesadez y angustia por todo lo que pueda ocurrir durante el día.

Le duele pensar que debe levantarse e intentar hacer lo mínimo para pasar el día. No quiere dedicarse a su higiene personal, a vestirse. Todo lo que hace, le pesa.

A veces, sólo dormir puede ser un alivio de la pesadez del pasado día. Pero cuando el sueño también falla y el insomnio se apodera, la situación empeora drásticamente.

La consecuencia más grave de un trastorno depresivo es que el paciente puede empezar a pensar en el suicidio e intentar cometerlo con mayor o menor determinación. Llegar a este punto de no retorno puede relacionarse con sentirse desesperado, sin la posibilidad de salir del sufrimiento. Terminar con la existencia se convierte así en la única forma concebible de dejar de sentir dolor y de detener la máquina infernal de la depresión.

Todos estos elementos que pueden caracterizar la imagen depresiva de un paciente pueden tener un recorrido cíclico y variar en su intensidad y gravedad. Sin duda, su constelación y la forma en que se presentan a la conciencia del paciente influyen en su capacidad para pedir ayuda para su trastorno e intentar encontrar una solución en la terapia psicológica.

Posibilidad de curación Las propuestas terapéuticas, que estoy a punto de explicar a continuación, están en línea con lo que ya se ha dicho, es decir, se basan en un enfoque fenomenológico que busca respetar la experiencia del paciente y utilizarla como elemento fundamental dentro de la propia terapia.

Como en cualquier psicoterapia, el primer objetivo es crear una buena alianza terapéutica, una relación de confianza entre el médico y el paciente, sobre todo si la petición de ir a terapia no surgió espontáneamente de este último, sino que existe hubo la intervención. miembro, médico de cabecera o psiquiatra.

La motivación para buscar tratamiento puede parecer incierta al principio, precisamente porque la persona deprimida se desanima naturalmente, por decirlo de algún modo, y, por tanto, no “espera” que el camino terapéutico le beneficie. Para facilitar la estructuración de esta alianza, es importante que el especialista sepa crear un ambiente de acogida y escucha, que ayude al paciente deprimido a sentirse aceptado incluso en las dificultades y resistencias que comporta para venir a la terapia.

El espacio terapéutico es “propiedad” del paciente, es “su” espacio en el que se debe sentir libre de expresar lo que quiere, hasta el punto de callar durante toda la sesión, si es lo que se siente en ese momento hacer.

Cuando la relación entre terapeuta y paciente ha alcanzado un nivel suficiente de confianza mutua y, por tanto, es capaz de soportar las fuertes emociones que se desarrollan en una terapia, es posible adentrarse en el corazón del proceso terapéutico, abordando los problemas que más hacer sufrir al paciente.

La terapia se constituye como un lugar donde se pueden extraer experiencias, sobre todo en cuanto a sentimientos y emociones negativas, miedos y ansiedades.

Dado que a menudo es difícil en la vida cotidiana poder respirar toda la preocupación y la negatividad, el paciente comienza a reconocer el espacio de terapia como un lugar donde puede sacar estas cosas sin entristecer a nadie, sin perjudicar ni hacer sufrir a los que le rodean.

El terapeuta, durante las entrevistas, hace sentir al paciente su proximidad, le escucha con suavidad, intentando “sentir” lo que quiere transmitir y dando la bienvenida a todo lo que le llega y sale fuera durante la sesión.< /p>

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